Juan tenía cinco
hijos: uno, dos, tres, cuatro, cinco, y la esposa y él, siete. Siete bocas que
pedían comida todos los días.
Juan era
inteligente, joven y trabajador: en las mañanas era barredor de calles y en las
tardes vendedor de lotería; así ganaba platica honradamente y vivía tranquilo
con su familia.
Los vecinos de la
avenida lo respetaban por ser un gran barredor de calles: por donde pasaba el
escobón y el carretillo de Juan no quedaba ni un papel, ni una colilla de
cigarro.
Un día de tantos
una señora le ofreció un gato viejo y le dijo que fuera a perderlo bien lejos,
porque ya no servía ni para cazar ratones.
– Miau, miau, dijo
el pobre gato y se subió al carretillo de la basura a buscar las boronitas de
comida.
Juan, como era
inteligente y de buen corazón, sintió pena por el gatito y se lo llevó para su
casa sabiendo que a los niños les gustaría tener un hermano gato.
Así fue, lo echó
dentro de un saco y, al llegar a casa dio la gran sorpresa a toda la familia
que oía maullar al animalito.
Los niños
presurosos corrieron a darle de comer y a calentarlo en un nido que prepararon
en una caja de cartón detrás de la puerta.
– Ahora somos ocho,
dijo la mamá contándolos a todos; uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete y
ocho. Juguemos lotería en ocho, propuso la señora.
– Sí, sí, dijeron
todos.
Juan compró dos
pedacitos y se ganaron cien mil colones, se los dio a su esposa y todos se
fueron a pasear a Puntarenas. Y el gato se quedó cuidando la casa, con el medio
litro de leche y el atun azul -de los pequeñitos- que le comprarón.
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