martes, 11 de noviembre de 2014

El gato de la buena suerte

Juan tenía cinco hijos: uno, dos, tres, cuatro, cinco, y la esposa y él, siete. Siete bocas que pedían comida todos los días.
Juan era inteligente, joven y trabajador: en las mañanas era barredor de calles y en las tardes vendedor de lotería; así ganaba platica honradamente y vivía tranquilo con su familia.
Los vecinos de la avenida lo respetaban por ser un gran barredor de calles: por donde pasaba el escobón y el carretillo de Juan no quedaba ni un papel, ni una colilla de cigarro.
Un día de tantos una señora le ofreció un gato viejo y le dijo que fuera a perderlo bien lejos, porque ya no servía ni para cazar ratones.
– Miau, miau, dijo el pobre gato y se subió al carretillo de la basura a buscar las boronitas de comida.
Juan, como era inteligente y de buen corazón, sintió pena por el gatito y se lo llevó para su casa sabiendo que a los niños les gustaría tener un hermano gato.
Así fue, lo echó dentro de un saco y, al llegar a casa dio la gran sorpresa a toda la familia que oía maullar al animalito.
Los niños presurosos corrieron a darle de comer y a calentarlo en un nido que prepararon en una caja de cartón detrás de la puerta.
– Ahora somos ocho, dijo la mamá contándolos a todos; uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete y ocho. Juguemos lotería en ocho, propuso la señora.
– Sí, sí, dijeron todos.

Juan compró dos pedacitos y se ganaron cien mil colones, se los dio a su esposa y todos se fueron a pasear a Puntarenas. Y el gato se quedó cuidando la casa, con el medio litro de leche y el atun azul -de los pequeñitos- que le comprarón.

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